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18 jul 2013

Quise ver el azul .


Nada do desnudos
Anne Prexton

En la parte más al sur de Capri
descubrimos una pequeña gruta
donde no había nadie y
entramos en ella completamente
y dejamos que nuestros cuerpos perdieran toda
su soledad.

Los peces en nosotros
habían escapado por un minuto.
A los peces reales no les importó.
No molestábamos su vida personal.
Con calma nos deslizamos sobre ellos
y bajo ellos, desprendiendo
burbujas de aire, pequeños globos
blancos que flotaban hacia el sol junto a la barca
donde el barquero italiano dormía
con su sombrero tapándole la cara.

Agua tan clara que podrías
leer un libro a través de ella.
Agua tan boyante que podrías
flotar sobre tu codo.
Me tumbé sobre ella como en un diván.
Me tumbé sobre ella exactamente como
la Odalisca Roja de Matisse.
El agua era mi extraña flor.
Uno debe imaginarse a una mujer
sin toga ni pañuelo
sobre un lecho profundo como una tumba.  

Las paredes de esa gruta
eran de todos los azules y
tú dijiste: "Mira Tus ojos
son del color del mar. ¡Mira! Tus ojos
son del color del cielo". Y mis ojos
se erraron como si de repente
estuvieran avergonzados.

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