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6 may 2013

La Leyenda del Santo Bebedor.



Ayer me llamó un amigo para hablarme de un amigo en común. Al pronto que comenzó a recriminar el comportamiento de éste, le propuse concluir la conversación iniciada.

Le dije: hablaré con él y, el próximo domingo os invito a comer. Hablaremos los tres. Tú y yo, hablar de él, no.

Al pronto de terminar mi cena, entrecortada por la nada oportuna llamada. No oportuna porque no era la primera vez que le decía que yo no hablo de una persona si ella no está presente. El no haberme tenido en cuenta me molestó. No se lo dije; lo haré el próximo domingo, al concluir la comida.

Digo que, al terminar la conversación telefónica, pensé en releer “La Leyenda del Santo bebedor”, de Joseph Roth.

Recomiendo su lectura a quien pueda leerla, pues no se puede leer si se envidia.

Un atardecer de la primavera de 1934, un caballero de edad madura descendía por las escalinatas de piedra que, desde uno de los puentes sobre el Sena, conducen a la orilla. Como sabrá casi todo el mundo, aunque la ocasión merece rememorar este hecho en la mente del lector, allí suelen dormir, o, mejor dicho, acampar los clochards de Paris.

Y uno de esos clochards fue como por azar al encuentro del caballero de edad madura, que por cierto iba bien trajeado y daba la impresión de ser un viajero que se propone contemplar las curiosidades de las ciudades que visita. Aunque aquel clochard ofrecía ciertamente el mismo aspecto harapiento y digno de compasión que todos aquellos con quienes compartía su infortunio, parecía sin embargo merecedor de la atención especial del caballero de edad madura bien trajeado. Mas no nos es dado conocer la causa de tal preferencia. Como queda dicho, estaba atardeciendo, y bajo los puentes, a orillas del río, la oscuridad era ya más cerrada que arriba en los muelles y sobre los puentes. Aquel hombre sin hogar y manifiestamente desaliñado avanzaba con paso vacilante. No parecía percatarse de la presencia del caballero mayor bien trajeado. Más éste, que no vacilaba en absoluto sino que con total aplomo dirigía sus pasos directamente hacia el vacilante clochard, por lo visto le había descubierto desde lejos. El caballero de edad madura le cerró prácticamente el paso. Ambos detuvieron sus pasos, frente a frente.

Adónde le llevan sus pasos, hermano? — Inquirió el caballero mayor bien trajeado.
El otro le echó una leve mirada, para contestar luego:

- Que yo sepa, no tengo hermano, ni se adónde me lleva el camino.

Yo intentaré mostrárselo —prosiguió el caballero, —pero no deberá enojarse conmigo si, como contrapartida, le pido un favor poco frecuente.

Estoy dispuesto a cualquier servicio, —accedió el harapiento.

Claro que me doy cuenta de que tiene usted algunos defectos, mas Dios ha dispuesto que se cruzara en mi camino. A buen seguro estará necesitado de dinero.

No, no me tome a mal mis palabras! A mi me sobra. ¿Querrá decirme con toda franqueza cuánto necesita? Por lo menos para salir del paso...El otro permaneció unos segundos sumido en reflexiones, pero en seguida profirió:

Veinte francos.

No creo que esta suma sea suficiente — replicó el caballero—. Seguramente necesitará doscientos.

El harapiento retrocedió un paso. Parecía como si fuera a caer, pero, aunque vacilante, se mantuvo en pie. Y entonces dijo:

No puedo negar que preferiría doscientos francos en lugar de veinte, pero soy un hombre de honor. Parece que me está usted juzgando mal. No puedo aceptar el dinero que me ofrece, y ello por varias razones: en primer lugar, porque no tengo el placer de conocerle; en segundo lugar, porque no se cómo ni cuándo podría devolvérselo; y, en tercer lugar, porque usted tampoco tiene la posibilidad de reclamármelo, al carecer yo de domicilio fijo. Casi a diario me establezco bajo un puente diferente de este río. A pesar de todo ello, y aun careciendo de domicilio fijo, como ya le he dicho, soy un hombre de honor.

Tampoco yo poseo domicilio fijo — respondió el caballero de edad madura —y también yo me instalo cada día bajo un puente distinto. Mas, a pesar de ello, le ruego que tenga la amabilidad de aceptar los doscientos francos, al fin y al cabo una suma ridícula para un hombre como usted. Y en lo referente a la restitución, habré de extenderme algo más para poderle hacer entender por qué no puedo indicarle el nombre de algún banco donde usted pudiera ingresar el importe. Resulta que me he convertido al cristianismo después de haber leído la historia de la pequeña santa Teresa de Lisieux. Y ahora venero muy en especial la estatuilla de la santa que se guarda en la capilla de Sainte Marie des Batignolles, que usted podrá localizar con facilidad. Así que, tan pronto tenga reunidos los doscientos francos y su conciencia le obligue a zanjar esta ridícula deuda, diríjase por favor a Sainte Marie des Batignolles y entregue la suma en manos del sacerdote cuando éste termine de oficiar la misa. Suponiendo que adeuda usted el dinero, se lo debe a santa Teresita. Mas, cuidado, no lo olvide: tiene que ser la de Sainte Marie des Batignolles.

Veo —dijo el harapiento— que usted ha comprendido que soy una persona de honor. Le prometo que cumpliré mi palabra. Sin embargo, sólo puedo ir a misa los domingos.

Como usted prefiera, un domingo, pues — concedió el caballero mayor—, al tiempo que de su cartera sacó doscientos francos, que entregó al vacilante clochard. Y muchas gracias.

Ha sido un placer se despidió el desharrapado, que al punto desapareció en las tinieblas.
Porque entretanto ya había oscurecido por entero, mientras arriba, en los puentes y muelles habían sido encendidas las farolas plateadas para anunciar la alegre noche de París”.



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