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11 dic 2015

El momento angular

El momento angular
Antonio Hernández Gil
Miembro de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación
ABC, 10-12-15


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Por eso resulta paradójico que un gato lanzado al vacío y al que no le es dado aplicar ninguna fuerza sobre sí mismo pueda alterar la rotación del cuerpo para aterrizar sobre sus patas. La explicación, sin embargo, se encuentra en el mismo principio de conservación del momento angular: lo que el gato sí puede hacer (aunque no sepamos cómo lo aprende) es modificar su geometría para controlar la velocidad de giro: el momento de inercia se obtiene multiplicando unidades de masa por el cuadrado de la distancia desde el centro de rotación del gato, que estira y encoge sus extremidades alterando su radio de giro y, con ello, su velocidad de rotación hasta enfrentar el suelo con las patas suficientemente perpendiculares como para no lastimarse. Algo semejante hace una patinadora girando sobre el hielo, que aumenta o disminuye la velocidad de rotación jugando con la geometría de sus brazos: o los separa del cuerpo para aumentar el radio sobre su eje, lo que disminuye la velocidad manteniéndose el momento, o los estira hacia arriba, con lo que aumenta la rapidez del giro hasta que la fricción de los patines acaba frenándolo. En última instancia, igual sucede con los púlsares: se generan cuando una supernova se colapsa por su gravedad dando lugar a una estrella de neutrones que conserva la mayor parte de su momento angular de aquella con un radio mucho menor, lo que aumenta su velocidad de rotación hasta extremos inimaginables. El púlsar más rápido conocido está en la constelación de Sagitario, posee una masa de dos veces la del sol para un radio de aproximadamente 16 Km y una velocidad de giro de más de 700 revoluciones por segundo. Ello hace que su campo magnético en rapidísima rotación interactua con el plasma que lo rodea emitiendo una radiación electromagnética que detrae energía del púlsar - reduciendo su velocidad angular - y llega a nosotros intermitente, vuelta a vuelta, por la desviación existente entre el eje de rotación de la estrella y el eje del campo magnético. El mismo principio sirve para explicar por qué no cae una peonza o por qué un giróscopo conserva la dirección; y tantos fenómenos maravillosos de la experiencia cotidiana para los que no sentimos la necesidad de buscar explicaciones racionales.

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